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Era un día caluroso de verano y estaba físicamente agotada después de horas de arduo trabajo en mi jardín. Como es habitual para mí al final de un día en contacto vigoroso con la naturaleza, descansé bajo un olmo muy grande y sombrío, bebiendo una cerveza y decidiendo qué hacer a continuación. Me llegó la sugerencia en forma de una gran marmota que una vez más abandonó la seguridad de su agujero para cenar en mi huerto de lechugas; esta vez, su error fue tener prisa y no esperar un poco más cuando hubiera estado en cama, o al menos en la casa preparándome para la cena.

Pedro, como llamé a la marmota, estaba a unos cincuenta metros de distancia y el clima cálido y templado le debe haber dado una falsa sensación de seguridad sobre su hábito de allanar mi jardín al aire libre. Tan cuidadosamente como pude moverme, fui a la casa y a mi biblioteca, donde encontré mi revólver favorito, un especial del .38. Mientras tanto, Pedro seguía allí haciendo estragos en mi huerto. El resto, como se puede imaginar, es historia: fue un tiro bien colocado y fue el final de una molestia total.

Ahora, como es mi costumbre despu√©s de algunos disparos, baj√© al s√≥tano para limpiar mi arma, lo cual me llev√≥ media hora m√°s tiempo extra para hacer peque√Īas cosas. Fue en este momento no todav√≠a por la noche, cuando percib√≠ el sonido de alguien que entraba por la puerta trasera. Como nunca me "pas√≥" nada, sub√≠ las escaleras para dar la bienvenida a un posible amigo visitante, a√ļn con mi .38 Special en mi mano y camino a la biblioteca para guardarlo, cuando el tema proverbial golpe√≥ al fan√°tico.

Lleg√≥ en la forma de un hombre joven, de apariencia no limpia y totalmente desconocido para m√≠. Nos miramos el uno al otro por unos segundos y estaba esperando alg√ļn tipo de saludo, sonrisa amistosa, tal vez algo como: "Disculpe se√Īor, mi auto se averi√≥. ¬ŅPuedo usar su tel√©fono para pedir ayuda? ‚ÄĚPara mi total sorpresa, busc√≥ en su bolsillo y sac√≥ lo que parec√≠a ser una pistola peque√Īa, probablemente de calibre .25. Me tom√≥ varios segundos entender su petici√≥n. ¬°Buen se√Īor! ¬°Fue un robo y en mi propia casa!

Si es verdad que en un momento como este se dicen y se hacen cosas tontas, no fui una excepci√≥n. Levant√© mi mano hacia su cara, todav√≠a sosteniendo mi rev√≥lver, y esperaba lo mejor. Con una voz muy tranquila, dije algo como: "Chico, mira la boca de mi rev√≥lver y considera el calibre de tu arma. ¬ŅCrees que tienes alguna posibilidad? No estoy seguro de que lo que √©l dijo tuviera sentido, pero repiti√≥ su petici√≥n de usar mi tel√©fono. Su vacilaci√≥n fue la clave que necesitaba; Yo sab√≠a que lo ten√≠a. As√≠ que le dije con toda la calma que pude en esas circunstancias: "Si disparamos al mismo tiempo, me herir√°s". Pero, ¬Ņqu√© crees que te har√° mi arma? Para mi sorpresa, de repente se dio la vuelta y sali√≥ corriendo de la casa.

Estaba demasiado conmocionado para hacer algo. El simple pensamiento de que estaba tan cerca de matar a un joven disparándole en la cara me dejó sudoroso y casi enfermo, pero muy vivo. Ese mes no olvidé enviar mi donación a la NRA para proteger la Segunda Enmienda y mis derechos. Esto sucedió el verano de 1994.
‚ÄĒFT, DE